viernes, 16 de marzo de 2012

"EL SEPULTURERO DE LAS ANIMAS"

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Cierta tarde, siendo vísperas de día de muertos; Lupe se hallaba descansando al interior del Panteón de las Animas <<inexistente ya por cierto>>. Pertenece a un pueblo llamado El Escondido, ubicado a orillas de una ladera. Lupe sentado justo sobre la tumba de un susodicho cacique de esa región; <<en los tiempos aquellos por supuesto>> que según la leyenda de su lápida había fallecido hacía más de 40 años. Estaba descansando un poco antes de irse a su casa ya que esa tarde había habido “fiesta”; << como decía él a los entierro >>. Hallándose ahí sentado, pensativo, con la mirada hacia abajo,  vio que a solo unos pasos de él; y sobre la tierra suelta se marcaban las pisadas de pies descalzos, una seguida de otra, así que levanto la cabeza y con la mirada; siguió las huellas; algunas de esas pisadas iban al fondo del panteón, otras del lado contrario, pero Lupe no dio importancia a lo que había creído ver así que se levantó de donde estaba y se dirigió hacia la puerta de salida ya que el sol estaba pardeando en el horizonte amenazando con esconderse, y no quería estar en ese lugar cuando oscureciera.

         Le faltaban escasos dos metros para llegar a la reja que daba hacia la calle cuando sintió que algo o alguien le había rozado su brazo al pasar a su lado y que una mano le había jalado el sombrero que llevaba puesto, eso hizo que por instinto volteara hacia la tumba recién cerrada, pensando que quizás algún familiar había quedado por ahí y que este pudiera haber sido el causante de lo que le había sucedido pero para su sorpresa no vio a nadie.-- ni un alma diría mi abuela--, así que Lupe agacho la cabeza y mientras reanudaba sus pasos hacia la salida, una sonrisa se le dibujo en su cara.

Al siguiente día, Lupe llego más temprano que de costumbre al panteón; pues debía de terminar de numerar los lotes del área nueva, esos terrenos que estaban al fondo del camposanto y que recientemente habían sido donados al pueblo por su propietario ya que éste había decidido irse a la ciudad a vivir con uno de sus hijos, y no quería que dejar nada pendiente en ese lugar. Eran más de dos mil metros cuadrados, .--suficiente terreno, pensó Lupe.--para que todos los que vivían en el pueblo pudieran enterrar a sus muertos.
  
Así paso casi el resto del día, ensimismado en su trabajo, sin acordarse ya de lo que había ocurrido la tarde anterior. Cuando hubo terminado dirigió sus pasos hacia el centro del panteón, metiéndose al pequeño cuarto donde guardaba las herramientas que usaba y donde permanecía mientras debía estar en el lugar. Ya dentro, se recostó sobre el camastro viejo, prendió un cigarro que había forjado de tabaco puro en hoja de elote, y se dispuso a disfrutarlo tranquilamente.

En esas estaba cuando a lo lejos empezó a escucharse una leve música y mucho barullo, ruidos de cazuelas de barro, de personas caminando a prisa, así como un olor a flores que penetraba los poros de la nariz y de todo el cuerpo, Lupe creyó que se había quedado dormido y que soñaba pero no, no estaba dormido, así que se puso de pie y asomo la cabeza por la pequeña puerta que daba hacia afuera y lo que vio lo sorprendió tanto que retrocedió asustado, con los ojos abiertos como platos, tropezando con las cosas hasta que cayó sentado sobre el suelo respirando agitadamente y se repetía asimismo que estaba soñando, que nada de lo que había visto era verdad, a la vez que tallaba sus ojos y cubría su cara con sus manos.

Luego de algunos minutos pudo tranquilizarse, abrió sus ojos despacito, se levantó de donde estaba tirado y aun con miedo, asomo la cara hacia afuera, y nada, no había nada, y por más que trataba de explicarse que había visto no hallo alguna forma de entender lo que había visto, oído, olido, y sentido. Sin más ganas de seguir ahí metido, recogió su sombrero, salió de aquel pequeño cuartito cerrándolo. Luego apresuradamente dirigió sus pasos a la salida, y una vez afuera; se perdió entre el caserío del pueblo rumbo a su casa.

Ese día 1° de Noviembre, día de los santos inocentes o los angelitos (niños difuntos), es costumbre en todos los panteones, —— al menos aquí en la República Mexicana——  la de visitar a los niños fallecidos en sus tumbas, llevarles flores, globos, etc.  Lupe llego al camposanto pensando que quizás estaba próxima su partida, ya que los sucesos que había vivido los dos días anteriores nunca le habían pasado y de alguna manera se estaba haciendo a la idea, o resignándose a que el día de su muerte estaba a la vuelta de la esquina, cosa que no le asustaba,-- ya estaba muy vivido, pensó—así que eso ya era lo de menos. Era muy temprano cuando entro al lugar, el cual ya estaba lleno de personas de muchos niveles sociales, el ambiente que se vivía ahí era de fiesta, la gente alegre, algunos sentados sobre banquillos o en las mismas criptas acondicionadas; contando cuentos, pintando o limpiándolas.

El sepulturero camino por en medio de todo ese gentío, revisando visualmente que todo estuviera bien. Cuando hubo llegado al fondo, giro; sentándose luego bajo la sombra de un árbol inmortal (árboles grandes, altos, típicos de los panteones y que en las vísperas del día de los muertos florece abundantemente, dando flores rosadas o blancas, las cuales caen precisamente los días 1° y 2, cubriendo las camas mortuorias); y desde donde podía contemplar todo lo que sucedía porque era una de las partes más altas de la ladera donde se ubicaba el Panteón de las Animas. Ahí paso algunas horas, viendo que muchos seres humanos entraban y salían del lugar llevando flores, velas, veladoras, globos, juguetes, algunos llevaban hasta bocadillos y cazuelas de barro llenas de comida diferente, frutas, etc., también veía como algunos de estos que salían hacían ademanes de despedida con sus manos; y otros desde dentro les decían adiós a los que partían, — ¡qué raro!, pensaba Lupe;— …quizás los que se quedan aquí se irán más tarde, por eso dicen adiós a los que se van — y así se quedó con ese pensamiento.
Ya casi eran las 8 de la noche de ese día 1° cuando decidió irse al cuarto de las herramientas para descansar unas horas y luego poder proseguir; sabía que esa noche no podía irse, que debía quedarse cuidando; porque todavía había gente al interior del camposanto pero eso no era raro ya que al día siguiente sería igual que el día ese y esa noche no tendría que cerrar la puerta antes de irse, esa noche permanecía abierto, con libre acceso a todo aquel que llegara. Una vez dentro, se acostó en su camastro, se tapó con un sarape y se dispuso a dormir. No supo cuánto tiempo pasó dormido después de acostarse, pero unos gritos lo hicieron que se despertara, salió del lugar, fumando su cigarro de tabaco en bruto y ahí estaban. Frente a él, había cientos de personas, niños, niñas, mujeres, hombres, ancianos, recién nacidos en brazos de adultos, vestidos de fiesta, comiendo, bailando y bebiendo en medio del camposanto. Había música, había luz de velas, las vestimentas eran de fiesta pero eran ropas raras, Lupe dirigió sus pasos hacia un grupo de estas personas quienes al verlo le invitaron a comer y a sentarse, el solo atinaba a decir que sí, ante tanta insistencia. Sentándose  finalmente al lado de una dama con una criatura en brazos al cual amamantaba.

Muchos chiquillos corrían, jugando entre ellos, risa y risa, quienes en un momento dado lo rodearon dejándolo en medio del juego, luego sin más, siguieron su camino, alejándose. Mientras comía lo que le habían dado; empezó a conversar con los que estaban ahí, les preguntaba de donde eran, que que hacían a esa hora ahí metidos en es ese lugar; si podían haberse ido cuando todavía era de día y no estuviera tan oscuro pero el entusiasmo era tanto, que nadie le ponía atención a sus preguntas, nadie a excepción de una anciana que se hallaba sentada en una hamaca, a las afueras de un pequeño portal que estaba en una de las tumbas más fastuosas del Panteón de las Animas; ella le dijo:
—Ven Lupe, acércate, yo te explico, — estirando sus brazos a la vez que le hablaba —; Lupe termino el ultimo bocado de comida, dejando el plato a un lado de donde estaba, luego se levantó, acercándose a la anciana aquella, a la cual le dio la mano, saludándola pero estaba tan fría, tan helada que rápidamente retiro su mano de la de ella, acomodándose después a sus pies, dispuesto a escuchar las respuestas a sus preguntas anteriores. La anciana empezó a decir que —“… todos los años, de todos los tiempos, de todos los siglos, el día 1° de los todos los meses de Noviembre, desde sus primero minutos, las personas que yacían en sus tumbas podían salir de ellas, ponerse sus mejores galas para así poder recibir a sus familiares, recibir también sus regalos, su comida favorita, su música preferida y sobre todo, para recibir sus rezos y luz…”.
Lupe volteo a verla, rascándose la cabeza y frunciendo el ceño; preguntándole incrédulamente:
— ¿A poco todos los que están aquí ya están muertos?—,
— Si!— dijo la anciana;
—Todos estamos muertos, mortalmente muertos pero con el ánima y el espíritu vivos; mas esta noche, todo el día 2 y parte de la noche del día 2 son nuestras noches permitidas para ser de nuevo como éramos antes de morir y que nuestros seres queridos nos “sientan” cerca de ellos, son fechas en que debemos venir a buscar la luz que nos dará la paz para estar otro año dormidos dentro de nuestras “camas”— prosiguió
—… pero solo el día y estas dos noches, porque al llegar la media noche del día 2 de Noviembre debemos partir, además de eso, no podemos salir de tierra bendita, solo podemos estar aquí dentro—.
Lupe levanto la cara hacia donde los primeros rayos del sol salían ya, al mismo tiempo en que veía como las primeras personas mortales del día llegaban. La anciana se había levantado de su hamaca y la cargaba hacia dentro de su cripta, murmurando
 —“… Disfruta Lupe, no te asustes, no tengas miedo, nosotros somos ustedes y ustedes serán como nosotros…”.
El sepulturero de las Ánimas, de nueva cuenta se acomodó el sombrero, y en lugar de miedo; en su cara había una sonrisa y mucha calma en su alma y se sintió mejor cuando dio los buenos días a los que recién llegaban:
— Buenos días, pasen, pasen. Aquí los esperan con los brazos abiertos. — a la vez que los “ya idos”, le sonreían desde su lugar, a manera de agradecimiento. Ese día dejo que el tiempo transcurriera sin preocupaciones por delante, siguió su rutina diaria, el sol ni nadie se dio cuenta de lo que ahí sucedió en tierra bendita, ni la luna porque esta no se asomó la noche anterior, quizás si lo hubiera hecho se hubiera dado cuenta de lo que paso entre las tumbas del Panteón de las Animas. Ajetreo, fiesta, música, alegría, todo eso paso el día 2 de noviembre, día de muertos para los vivos, día de vida para los muertos. Ya para esas horas, a Lupe no le causaba ningún temor, mucho menos se inmutaba al ver como los muertos y los vivos se mezclaban, ya no se asustaba de ver las cosas que veía, ya no se asombraba por ver lo que una vez vio, <<personas entrando bajo la tierra, con velas encendidas en sus manos>>.

Ya era algo a lo que se había acostumbrado, mejor dicho; era algo a lo que debía acostumbrarse si quería vivir cuerdo el resto de sus días, así que después de terminada la media noche de ese día 2 de Noviembre, día de muertos, y después de que los vivos se retiraron y los muertos se durmieron de nuevo, Lupe cerro la reja del camposanto y se fue a dormir tranquilamente, esperando ser el año venidero; uno de los cuidadores y visitante y no uno de los que entran bajo tierra con luz de velas en sus manos.

Esa fue la historia de Lupe, el sepulturero de las Ánimas de un pueblo inexistente ya; llamado El Escondido. Aún en el tiempo y el mundo actual, aún en este siglo de la tecnología, siguen existiendo las leyendas urbanas, los mitos; igual que siguen contándose los cuentos de la abuela, las historias fantásticas sobre extraterrestres y de dimensiones desconocidas. Pero también en este tiempo existen las personas que cuentan sus historias; que dicen haber vivido experiencias poco comunes, vivencias que tienen guardadas en sus memorias, aun después de muchos años. Vivencias y/o historias que quizás hoy son contadas a sus nietos o bisnietos por ellos mismos; como algo que ya no sabemos si fue real o fantasía.






PISADAS DEL RECUERDO



Este día, como muchos otros dias amaneció nublado. Encapotado el cielo con un manto negruzco que al extenderse sobre el mundo, también me cubrió a mi, a mi alma; hasta el animo, las ganas, la alegría. Y revivió en mi la nostalgia, trayéndome esos olores, esos días que cuando niña corría por las calles de mi casa, la casa de mi padre y madre. Vinieron hasta mi las pisadas de mi niñez perdida, y tuve ganas, muchas ganas de recuperarlas, de revivirlas, absorberlas, y volver a sentirlas mías. Me fui temprano hasta ese lugar donde mis sueños cobran vida cada noche y al estar frente a lo que era mi casa, miles de fantasmas corrieron a abrazarme. Baje de mi carro el cual quedo parado en medio de la calle hoy polvorienta y con una mirada al pasado, atraje conmigo todo eso que me hace falta y que hoy ya no tengo. Fueron mil pensamientos, miles de risas y cientos de segundos y muchas vidas  que quedaron ahí, ... ahí en la casa de la infancia, ahí en la calle de los amigos, de mis abuelos, tíos, hermanos. Por hoy solo fui a visitar a mis sueños, pasos y recuerdos pero se que un día me quedare para siempre con ellos. Cuando eso pase, me quedare metida en la felicidad de mis adentros, donde todos están, donde hasta mis pisadas volverán a ser mías para siempre!