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Cierta tarde,
siendo vísperas de día de muertos; Lupe se hallaba descansando al interior del
Panteón de las Animas <<inexistente ya por
cierto>>. Pertenece a un pueblo llamado El Escondido, ubicado
a orillas de una ladera. Lupe sentado justo sobre la tumba de un susodicho
cacique de esa región; <<en los tiempos aquellos por supuesto>> que
según la leyenda de su lápida había fallecido hacía más de 40 años. Estaba
descansando un poco antes de irse a su casa ya que esa tarde había habido
“fiesta”; << como decía él a los
entierro >>. Hallándose ahí sentado, pensativo, con la mirada
hacia abajo, vio que a solo unos pasos
de él; y sobre la tierra suelta se marcaban las pisadas de pies descalzos, una
seguida de otra, así que levanto la cabeza y con la mirada; siguió las huellas;
algunas de esas pisadas iban al fondo del panteón, otras del lado contrario,
pero Lupe no dio importancia a lo que había creído ver así que se levantó de donde
estaba y se dirigió hacia la puerta de salida ya que el sol estaba pardeando en
el horizonte amenazando con esconderse, y no quería estar en ese lugar cuando
oscureciera.
Al
siguiente día, Lupe llego más temprano que de costumbre al panteón; pues debía
de terminar de numerar los lotes del área nueva, esos terrenos que estaban al
fondo del camposanto y que recientemente habían sido donados al pueblo por su
propietario ya que éste había decidido irse a la ciudad a vivir con uno de sus
hijos, y no quería que dejar nada pendiente en ese lugar. Eran más de dos mil
metros cuadrados, .--suficiente terreno, pensó Lupe.--para que todos los que
vivían en el pueblo pudieran enterrar a sus muertos.
Así
paso casi el resto del día, ensimismado en su trabajo, sin acordarse ya de lo
que había ocurrido la tarde anterior. Cuando
hubo terminado dirigió sus pasos hacia el centro del panteón, metiéndose al
pequeño cuarto donde guardaba las herramientas que usaba y donde permanecía
mientras debía estar en el lugar. Ya dentro, se recostó sobre el camastro
viejo, prendió un cigarro que había forjado de tabaco puro en hoja de elote, y
se dispuso a disfrutarlo tranquilamente.
En
esas estaba cuando a lo lejos empezó a escucharse una leve música y mucho
barullo, ruidos de cazuelas de barro, de personas caminando a prisa, así como
un olor a flores que penetraba los poros de la nariz y de todo el cuerpo, Lupe
creyó que se había quedado dormido y que soñaba pero no, no estaba dormido, así
que se puso de pie y asomo la cabeza por la pequeña puerta que daba hacia
afuera y lo que vio lo sorprendió tanto que retrocedió asustado, con los ojos
abiertos como platos, tropezando con las cosas hasta que cayó sentado sobre el
suelo respirando agitadamente y se repetía asimismo que estaba soñando, que
nada de lo que había visto era verdad, a la vez que tallaba sus ojos y cubría
su cara con sus manos.
Luego
de algunos minutos pudo tranquilizarse, abrió sus ojos despacito, se levantó de
donde estaba tirado y aun con miedo, asomo la cara hacia afuera, y nada, no
había nada, y por más que trataba de explicarse que había visto no hallo alguna
forma de entender lo que había visto, oído, olido, y sentido. Sin más ganas de
seguir ahí metido, recogió su sombrero, salió de aquel pequeño cuartito
cerrándolo. Luego apresuradamente dirigió sus pasos a la salida, y una vez
afuera; se perdió entre el caserío del pueblo rumbo a su casa.
Ese
día 1° de Noviembre, día de los santos inocentes o los angelitos (niños
difuntos), es costumbre en todos los panteones, ——
al menos aquí en la República Mexicana——
la de visitar a los niños
fallecidos en sus tumbas, llevarles flores, globos, etc. Lupe llego al camposanto pensando que quizás
estaba próxima su partida, ya que los sucesos que había vivido los dos días
anteriores nunca le habían pasado y de alguna manera se estaba haciendo a la
idea, o resignándose a que el día de su muerte estaba a la vuelta de la
esquina, cosa que no le asustaba,-- ya estaba muy vivido, pensó—así que eso ya
era lo de menos. Era muy temprano cuando entro al lugar, el cual ya estaba
lleno de personas de muchos niveles
sociales, el ambiente que se vivía ahí era de fiesta, la gente alegre, algunos
sentados sobre banquillos o en las mismas criptas acondicionadas; contando
cuentos, pintando o limpiándolas.
El
sepulturero camino por en medio de todo ese gentío, revisando visualmente que
todo estuviera bien. Cuando hubo llegado al fondo, giro; sentándose luego bajo
la sombra de un árbol inmortal (árboles grandes, altos, típicos de los panteones y que en las vísperas
del día de los muertos florece abundantemente, dando flores rosadas o blancas,
las cuales caen precisamente los días 1° y 2, cubriendo las camas mortuorias);
y desde donde podía contemplar todo lo que sucedía porque era una de las partes
más altas de la ladera donde se ubicaba el Panteón de las Animas. Ahí paso algunas
horas, viendo que muchos seres humanos entraban y salían del lugar llevando
flores, velas, veladoras, globos, juguetes, algunos llevaban hasta bocadillos y
cazuelas de barro llenas de comida diferente, frutas, etc., también veía como
algunos de estos que salían hacían ademanes de despedida con sus manos; y otros
desde dentro les decían adiós a los que partían, — ¡qué raro!, pensaba Lupe;—
…quizás los que se quedan aquí se irán más tarde, por eso dicen adiós a los que
se van — y así se quedó con ese pensamiento.
Ya
casi eran las 8 de la noche de ese día 1° cuando decidió irse al cuarto de las
herramientas para descansar unas horas y luego poder proseguir; sabía que esa
noche no podía irse, que debía quedarse cuidando; porque todavía había gente al
interior del camposanto pero eso no era raro ya que al día siguiente sería
igual que el día ese y esa noche no tendría que cerrar la puerta antes de irse,
esa noche permanecía abierto, con libre acceso a todo aquel que llegara. Una
vez dentro, se acostó en su camastro, se tapó con un sarape y se dispuso a
dormir. No supo cuánto tiempo pasó dormido después de acostarse, pero unos
gritos lo hicieron que se despertara, salió del lugar, fumando su cigarro de
tabaco en bruto y ahí estaban. Frente a él, había cientos de personas, niños,
niñas, mujeres, hombres, ancianos, recién nacidos en brazos de adultos,
vestidos de fiesta, comiendo, bailando y bebiendo en medio del camposanto.
Había música, había luz de velas, las vestimentas eran de fiesta pero eran
ropas raras, Lupe dirigió sus pasos hacia un grupo de estas personas quienes al
verlo le invitaron a comer y a sentarse, el solo atinaba a decir que sí, ante
tanta insistencia. Sentándose finalmente
al lado de una dama con una criatura en brazos al cual amamantaba.
Muchos
chiquillos corrían, jugando entre ellos, risa y risa, quienes en un momento
dado lo rodearon dejándolo en medio del juego, luego sin más, siguieron su
camino, alejándose. Mientras comía lo que le habían dado; empezó a conversar
con los que estaban ahí, les preguntaba de donde eran, que que hacían a esa
hora ahí metidos en es ese lugar; si podían haberse ido cuando todavía era de
día y no estuviera tan oscuro pero el entusiasmo era tanto, que nadie le ponía
atención a sus preguntas, nadie a excepción de una anciana que se hallaba
sentada en una hamaca, a las afueras de un pequeño portal que estaba en una de
las tumbas más fastuosas del Panteón de las Animas; ella le dijo:
—Ven
Lupe, acércate, yo te explico, — estirando sus brazos a la vez que
le hablaba —; Lupe termino el ultimo bocado de comida, dejando el plato a un
lado de donde estaba, luego se levantó, acercándose a la anciana aquella, a la
cual le dio la mano, saludándola pero estaba tan fría, tan helada que
rápidamente retiro su mano de la de ella, acomodándose después a sus pies,
dispuesto a escuchar las respuestas a sus preguntas anteriores. La anciana empezó
a decir que —“… todos los años, de todos los
tiempos, de todos los siglos, el día 1° de los todos los meses de Noviembre,
desde sus primero minutos, las personas que yacían en sus tumbas podían salir
de ellas, ponerse sus mejores galas para así poder recibir a sus familiares,
recibir también sus regalos, su comida favorita, su música preferida y sobre
todo, para recibir sus rezos y luz…”.
Lupe
volteo a verla, rascándose la cabeza y frunciendo el ceño; preguntándole
incrédulamente:
—
¿A poco todos los que están aquí ya están muertos?—,
—
Si!— dijo la anciana;
—Todos
estamos muertos, mortalmente muertos pero con el ánima y el espíritu vivos; mas
esta noche, todo el día 2 y parte de la noche del día 2 son nuestras noches
permitidas para ser de nuevo como éramos antes de morir y que nuestros seres
queridos nos “sientan” cerca de ellos, son fechas en que debemos venir a buscar
la luz que nos dará la paz para estar otro año dormidos dentro de nuestras
“camas”— prosiguió
—…
pero solo el día y estas dos noches, porque al llegar la media noche del día 2
de Noviembre debemos partir, además de eso, no podemos salir de tierra bendita,
solo podemos estar aquí dentro—.
Lupe
levanto la cara hacia donde los primeros rayos del sol salían ya, al mismo
tiempo en que veía como las primeras personas mortales del día llegaban. La
anciana se había levantado de su hamaca y la cargaba hacia dentro de su cripta,
murmurando
El
sepulturero de las Ánimas, de nueva cuenta se acomodó el sombrero, y en lugar
de miedo; en su cara había una sonrisa y mucha calma en su alma y se sintió
mejor cuando dio los buenos días a los que recién llegaban:
—
Buenos días, pasen, pasen. Aquí los esperan con los brazos abiertos. —
a la vez que los “ya idos”, le sonreían desde su lugar, a
manera de agradecimiento. Ese día dejo que el tiempo transcurriera sin
preocupaciones por delante, siguió su rutina diaria, el sol ni nadie se dio
cuenta de lo que ahí sucedió en tierra bendita, ni la luna porque esta no se
asomó la noche anterior, quizás si lo hubiera hecho se hubiera dado cuenta de
lo que paso entre las tumbas del Panteón de las Animas. Ajetreo, fiesta,
música, alegría, todo eso paso el día 2 de noviembre, día de muertos para los
vivos, día de vida para los muertos. Ya para esas horas, a Lupe no le causaba
ningún temor, mucho menos se inmutaba al ver como los muertos y los vivos se
mezclaban, ya no se asustaba de ver las cosas que veía, ya no se asombraba por
ver lo que una vez vio, <<personas entrando bajo la tierra, con velas
encendidas en sus manos>>.
Ya
era algo a lo que se había acostumbrado, mejor dicho; era algo a lo que debía
acostumbrarse si quería vivir cuerdo el resto de sus días, así que después de
terminada la media noche de ese día 2 de Noviembre, día de muertos, y después
de que los vivos se retiraron y los muertos se durmieron de nuevo, Lupe cerro
la reja del camposanto y se fue a dormir tranquilamente, esperando ser el año
venidero; uno de los cuidadores y visitante y no uno de los que entran bajo
tierra con luz de velas en sus manos.
Esa fue la historia de Lupe, el sepulturero de las
Ánimas de un pueblo inexistente ya; llamado El Escondido. Aún en el tiempo y el
mundo actual, aún en este siglo de la tecnología, siguen existiendo las
leyendas urbanas, los mitos; igual que siguen contándose los cuentos de la
abuela, las historias fantásticas sobre extraterrestres y de dimensiones
desconocidas. Pero también en este tiempo existen las personas que cuentan sus
historias; que dicen haber vivido experiencias poco comunes, vivencias que
tienen guardadas en sus memorias, aun después de muchos años. Vivencias y/o
historias que quizás hoy son contadas a sus nietos o bisnietos por ellos
mismos; como algo que ya no sabemos si fue real o fantasía.
